La Metamorfosis Del Señorito Inglés

Actualizado: abr 1





El parque natural de ‘Los Abetos’, situado en la meseta Castellana española, era un hermoso y singular paraje. Su espléndido paisaje albergaba fauna de todo tipo. Desde pequeñas aves o raras especies acuáticas, a bestias de gran envergadura. Esto, sumado a su agradable clima primaveral, permitía que fuera un perfecto coto de caza. El ir y venir de aficionados a esta práctica era constante todo el año. Entre el gentío destacaba un grupo de amigos venidos de Inglaterra. Jhon Mc Claury, los hermanos Lesly y Lorelai Cambrich, Brittany Stwart y Paulo J. Steven. Sus familias pertenecían a la alta sociedad inglesa. Habían tenido una estrecha amistad desde muchas generaciones atrás. Ya desde los tiempos de sus tatarabuelos estaba asentada la costumbre de viajar juntos al coto en invierno, sin llegar a saber muy bien cuándo se había instaurado la tradición. El día que llegaron al parque era un viernes 26 de diciembre. Tenían pensado estar allí lo que restaba de semana y, el mismo lunes, viajar a Inglaterra para pasar la Noche Vieja con sus respectivas familias. Se hospedaron en el pequeño y coqueto hotel que había dentro del mismo parque. Siempre  estaba completo puesto que, además de su magnífico servicio y excelente comida, era el único de la zona. De hecho, no había rastro de civilización cerca del parque. El pueblo más próximo se hallaba a varios km al Norte. Una vez instalados en el hotel, y tras haber descansado unas horas, fueron a practicar su afición favorita, la caza. El grupo había quedado a las seis en punto en el hall que estaba bajando la preciosa escalera de madera del siglo XV. El gran reloj de cuco que presidia el vestíbulo marcaba ya las seis y veinte, cuando el último de los miembros del grupo que faltaba por llegar, Paulo, se reunió con el resto. 


- ¿Dónde te has metido?, Recuerda que la hora acordada fueron las seis en punto – Replico Jhon en un evidente tono molesto.


    - Cálmate, Cálmate amigo, que te van a salir canas antes de tiempo. No es para ponerse así. Contento deberías estar pues por fin llegó la alegría al grupo. – Jhon optó por no contestar. Le miró con cara de pocos amigos, frunció el ceño, cogió la escopeta (herencia de su queridísimo abuelo), y - pun, pun, pun- . El taconeo de sus zapatos le fue alejando hacia la puerta. El resto del grupo hizo lo mismo. La alegría del grupo, por su parte, se limitó a seguirlos. Este no era el primer desencuentro que había habido dentro del grupo. De niños, eran los mejores amigos. Todo paz y armonía. Pero, a medida que fueron creciendo, se habían ido distanciando. Las rencillas eran constantes y el eje central de todas ellas solía tener un  mismo nombre y apellido, Paulo J. Steven. Siempre había sido un tipo altanero y vanidoso. Creído de estar por encima del bien y del mal y verse muy superior al resto. De ser sinceros, motivos tenía para tenerse en tan buena estima. Era un tipo alto, robusto y bien parecido. En la universidad, pese a meterse en algún lio de vez en cuando, sus notas eran intachables y sus dotes como deportista eran mejor si cabe. El problema comenzó cuando se lo fue creyendo en exceso. Esto, evidentemente, no gustaba entre la gente que lo conocía y su grupo de amigos, no era la excepción.


Todos estaban ya montados sobre los distintos caballos que les había asignado el encargado. Cuando el mozo de cuadras terminó de preparar al último de los equinos, emprendieron el camino hacia las profundidades de la arboleda más frondosa. Seguidos por el único apoyo de una jauría de galgos llegaron enseguida a destino. Una vez allí se apearon del caballo y comenzaron la marcha a pie. Tras varias horas caminando, no habían conseguido hacerse más que con un par de liebres y una pequeña perdiz, la cual casi pierden pues los perros no la terminaban de encontrar. La señorita Stwart sugirió que era mejor marchar. Pronto caería la noche y se complicaría la vuelta al hotel. A parte, el día elegido no había resultado ser el mejor para tal fin. La semana entera estaba resultando muy fría, sobre todo si se tenía en cuenta el clima acostumbrado allí. Y para colmo la inusual niebla, cada vez más espesa, tampoco ayudaba. Todos los miembros estuvieron de acuerdo en regresar, a excepción de uno, el siempre punto discordante Paulo. Gracias a su fluida labia, consiguió convencerles sin demasiado esfuerzo. Él todavía no había logrado hacerse con ninguna presa ese día. Sumado al hecho de que Jhon Mc Claury, su principal contrincante, había capturado la mayor pieza, una de las liebres, su orgullo no podía consentirlo. Necesitaba dar muerte a un animal mayor. Nada de insignificantes liebres o pequeñas perdices. Quería algo mejor. Que le otorgara grandes honores a los ojos de los demás. Él quería uno de los grandes ciervos que habitaban el lugar. Lo cual suponía muchísima complicación. Para empezar eran muy difíciles de ver y cazar. Y además, estaba terminantemente prohibido hacerlo. Era un animal de gran belleza y casi extinto en la zona, por lo que la pena por matarlo se castigaba muy severamente. El joven Paulo que, como anteriormente se dijo, se creía por encima del bien y el mal y se sabía más listo que nadie, pensó que ya encontraría la forma de esquivar la pena. Se separaron por parejas para abarcar más terreno. Jhon, que no se fiaba un pelo de su amigo, se autoemparejó con él. Tras una larga caminata, Paulo avistó un viejo ciervo con una gran corona de cuernos y porte muy majestuoso. Nada más verlo se encaprichó de él – Es ideal para el bello arte de la taxidermia.- Se dijo para sí. Sin mentar palabra se alejó silenciosamente de su compañero y, se dirigió al animal. Una vez bien situado frente a la presa, levantó la escopeta y disparó. Para su desgracia Jhon, percatado de sus intenciones, le desvió el tiro dándole un manotazo al arma. Tras una acalorada discusión, se separaron. EL joven Mc Claury se reunió con el resto del grupo y les contó lo sucedido. Disgustados por la imprudencia de su amigo regresaron al hotel. Paulo se fue por su lado tras su presa. Disparó una segunda vez, sin atino. El ciervo corrió asustado. Él, montado ya a lomos de su caballo, comenzó a seguirlo. De repente, como si fuera la propia presa, empezó a notar el pulso acelerado. Tal parecía que el corazón se le saldría por la boca. Un estado de nerviosismo le invadió todo el cuerpo. Y la angustia se apoderó de él. Sin poder evitarlo, la espalda se le encorvo y cayó del caballo. El ciervo paró y lo miró fijamente. Paulo, tendido en el suelo, sin poder ponerse derecho, poco a poco se levantó. Sus brazos se habían vuelto patas y sus manos pezuñas. Mientras las piernas sufrían la misma transformación. Cayó al suelo nuevamente. No entendía nada. La cabeza le pesaba horrores. Trató de levantar hasta que se percató de la enorme corona de cuernos que le había crecido. Cuando finalizó la insólita metamorfosis se quedó mirando al animal con la escopeta cercana. El animal lo miraba también a él. Sin mediar palabra, el ciervo corrió hacia Paulo para embestirlo. Las tornas habían cambiado. Él era el cazador y el antiguo cazador pronto sería cazado. Las ahora ambas bestias se enzarzaron en combate. Solos, al borde de un acantilado y en el fragor de la batalla, pisaron la escopeta. De pronto. - ¡Pun, pun!- Dos tiros certeros. El primero atravesó al caballo que murió en el acto. El segundo dio a una de las bestias. La otra huyó despavorida. El animal malherido, con su destino sellado se tambaleaba. Retrocedió tres pasos y, sin querer, cayó por el acantilado. Nunca más despertaría.


A la mañana siguiente el grupo se percató de la ausencia de Paulo. Dieron la voz de alarma y lo buscaron durante días. Tras una tediosa búsqueda, debido a las condiciones del terreno, encontraron el caballo muerto y el reguero de sangre que iba hacia el acantilado. – Un trágico accidente- pensaron. Poco más pudieron hacer. Finalmente, regresaron a Inglaterra y, dieron la triste noticia a la familia de Paulo. Nunca supieron muy bien que había sucedido y, aunque sin perder la esperanza de encontrarlo, jamás lo volvieron a ver. Mientras, en las profundidades de la arboleda más frondosa del parque natural ‘Los Abetos’ una asustada bestia sigue vagando sin cesar.

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